Historias que inspiran

Inmigrantes legales, ilegales o simplemente humanos.

Existen muchas razones para nuestro deseo de viajar. Ya sea que lo impulse un desea a mejorar nuestras vidas, seamos desalojados por circunstancias duras o simplemente por curiosidad, el hecho es que nos movemos.

Desde que Lucy, aquel fósil que reescribió la historia de la humanidad, así como sus contemporáneos y desde que muchos de nuestros antepasados Homo Sapiens abandonaron África hace unos 70.000 años; nuestra especie ha estado migrando. Partiendo de nuestro primer hogar en la sabana, nos hemos esparcido por todo el mundo para que, de esta forma, casi todos los rincones de nuestro planeta se hayan poblado de nuestra especie. Hoy, hay algunos que incluso hablan de colonizar Marte. Si bien se nos conoce como primates “especializados” en la fabricación de herramientas, también debemos ser reconocidos como viajeros confirmados.

Existen muchas razones para nuestro deseo de viajar. Ya sea que lo impulse un desea a mejorar nuestras vidas, seamos desalojados por circunstancias duras o simplemente por curiosidad, el hecho es que nos movemos. Y sin duda, esta migración constante no ha sido necesariamente fácil. Hemos tenido que adaptarnos a nuevos climas, dominar la tierra para proveer comida o, si la tierra ya estaba ocupada, contraponerse a sus ocupantes. Si bien esta mezcla de recién llegados y extranjeros puede ser pacífica y mutuamente beneficiosa, con frecuencia resulta en conflictos. Con demasiada frecuencia, la guerra es el medio por el cual un grupo conquista la tierra de otra gente.

Para llevar esta situación a nuestro propio país (EEUU), ni siquiera fueron los primeros europeos que se establecieron aquí los inmigrantes que no hablaban los idiomas locales y ciertamente no pasaron la inspección por los habitantes locales. Los millones, mal nombrados, de indios estuvieron aquí durante unos 15 a 25.000 años antes de que fueran “descubiertos” por los europeos. Estos dos pueblos repitieron un tema muy conocido para nuestra especie: los recién llegados creían que la tierra y la gente eran para ser tomados, mientras que los indígenas, aunque curiosos e inicialmente amistosos, rápidamente resentían a los intrusos. No es que no hubiese períodos -aunque fueran breves- de amistad y acomodación mutua. ¿Habrían sobrevivido los peregrinos si no fuera por la ayuda de la tribu local?

Pero los humanos, por desgracia, somos muy localistas y tendemos a dividir a las personas en “Nosotros y Ellos”. Nos aferramos a nuestra propia familia, nación, personas con las mismas creencias religiosas y otros similares a nosotros mismos y somos propensos, en el mejor de los casos, a sospechar, si no es que a ser hostiles, ante aquellos diferentes a nosotros. Las reuniones de dos pueblos pueden ir desde “las cejas levantadas” como expresión de desconfianza, y la evitación, hasta la hostilidad y las guerras. Los malentendidos suelen jugar un papel. Por ejemplo, el concepto de los europeos era la propiedad de la tierra con la construcción de vallas, mientras que los nativos americanos era de compartir y, si no el respeto mutuo, vivir y dejar vivir, incluyendo el beneficio del comercio. Pero tampoco “romanticemos” a los nativos americanos. A pesar de sus antepasados comunes, no siempre cooperaron con tribus o naciones vecinas; Las hostilidades y la subyugación eran demasiado frecuentes.

Si bien los Estados Unidos han sido bendecidos con los muchos recursos necesarios para la era industrial, hemos tenido, como ventaja invaluable, una vasta reserva de personas que emigraron -o fueron traídos como esclavos- de todas partes del mundo. Estos pueblos proveyeron el trabajo para hacernos la nación más técnicamente avanzada del mundo. A pesar de aquellos entre nosotros que eran -o son- intolerantes hacia los recién llegados, hemos tenido la mayor afluencia de “extranjeros” en la historia. Cuando era niño, recuerdo el título de un libro que se refiere a nuestros números como cien mil. Ahora, aunque pueda ser viejo, no soy tan antiguo, hemos triplicado nuestra cifra, superando los 300 millones de millones. Incluso los más xenófobos tendrían dificultades para negar -o refutar- que la diversidad y el número de nuestros pueblos nos han enriquecido no sólo económicamente, sino también culturalmente.

Permítanme despojarme de la imparcialidad mencionando que mi padre era un “ilegal” – no es que mi abuela ni ningún padre dé a luz a un niño que considera ilegal. Aunque mi abuelo y sus dos hijos emigraron para escapar de los pogromos y el reclutamiento militar en Rusia, tenían la intención de traer a este país a mi padre, entonces de diez años de edad, y a mi abuela. Ellos eran muy similares al común de los inmigrantes, con intenciones de conseguir trabajo, establecerse y luego tener los medios para llevar al resto de la familia. Sin embargo, no se dieron cuenta de que la Primera Guerra Mundial y la Revolución Rusa trastornarían sus planes. Lo que iba a ser una corta separación se prolongó por más de ocho años.

En ese momento, el Congreso, entonces políticamente dividido tal como ahora, encontró un compromiso a medias: podría traer a sus hijos con una estipulación. Tenían que ser menores. Bueno, mi padre ya no era menor de edad. Nuestra familia habría sido devastada si él declarara su edad correcta – él habría sido inmediatamente deportado de Ellis Island. Así que declaró que su edad era dos años menor. En cierta ocasión le pregunté a un grupo de la escuela de mi nieto, en donde me habían invitado a hablar sobre mi novela “La Tierra de los Sueños”, lo que mi padre debería haber hecho. Las manos se agitaron frenéticamente y luego todos, excepto un joven, aceptaron: “¡Debería mentir!”

Me sentí aliviado de poder decirles a aquellos jóvenes -y los maestros y el director- cómo terminó la historia. Después de la Segunda Guerra Mundial, mi padre volvió a su lugar de nacimiento ruso y, a pesar de la devastación de la guerra, descubrió que su ayuntamiento todavía estaba de pie. Recibió una copia de su certificado de nacimiento y cuando volvió, en lugar de ser procesado o deportado, se le permitió acceder a su retiro dos años antes. Entonces le comente a los muchachos que escuchaban: “La justicia llega a América, pero puede tomar tiempo”. Sólo fíjense cuánto tiempo tomó liberar a los “inmigrantes involuntarios” que fueron traídos aquí como esclavos. O disculpar a los japoneses, incluso aquellos ya con la ciudadanía americana, después de haber pasado años en nuestros campos de concentración de la Segunda Guerra Mundial.

Hoy día estamos de nuevo debatiendo el tema de la inmigración. Si bien hay millones de recién llegados que son indocumentados -un término que yo prefiero y es más exacto que ilegal- constituyen una cuarta parte estimada de los trabajadores agrícolas, de la construcción, de los hogares, de los centros turísticos y de los restaurantes. Todo ello a pesar de la innegable e imperiosa necesidad de los empleadores por estos trabajadores de baja remuneración. Arizona, en 2004, restringió severamente la entrada de estos trabajadores. El resultado: los agricultores no pudieron conseguir que los trabajadores cosecharan sus cultivos; Casi mil millones de dólares en productos se pudrieron en los campos. Los legisladores xenófobos no sólo impidieron a los trabajadores indocumentados acceder a esos bajos salarios, sino que también perjudicaron a los agricultores “legales”.

Nuestro politizado mosaico de compromisos en materia de inmigración ha contribuido al problema. Permitimos que 400.000 trabajadores mexicanos ingresaran al país legalmente, trabajaran y regresaran a sus hogares. Algunos tenían el capital para después permanecer en México, otros regresaron al año siguiente. Los miembros de la familia permanecerían en México y no podrían venir a aquí para permanecer juntos. El Congreso abolió este acuerdo mutuamente beneficioso y controlado llamado programa “braceros” esto bajo el contexto de un resentimiento anti-extranjero de la década de los 60´s. Uno no tiene que ser matemático para darse cuenta de lo que pasó cuando nuestra nación necesitaba a estos trabajadores y estos trabajadores necesitaban trabajos. Pero el gobierno recobró sus sentidos y se enfrentó a la realidad; En 1983, el Congreso finalmente permitió a 3.000.000 de trabajadores establecerse como “legales”. Hoy hay quienes parecen sorprendidos -o ignorantes- cuando se hacen tales propuestas.

Otro ejemplo de cómo nuestra nación ha contribuido al problema: nuestro maíz subsidiado, pagado con los dólares de los contribuyentes, permite a nuestros agricultores vender más barato en México que los propios agricultores mexicanos podrían. Unos 3.000.000 de agricultores mexicanos se declararon en bancarrota, causando que familias desesperadas, por sobrevivir, cruzaran nuestra frontera para encontrar trabajo. Un último hecho: naciones como Japón, con políticas de inmigración restrictivas, en futuras generaciones tendrán muy pocos trabajadores que apoyen el subsidio de los jubilados. En nuestro país, los hijos de estos inmigrantes, “legales” e “ilegales”, estarán sosteniendo a muchos de nosotros cuando nos retiremos. Los hijos de estos inmigrantes entrarán en el espectro completo de puestos de trabajo, convirtiéndose en profesionistas, lo que enriquecerá  aún más a nuestro país. Por cierto, muchos trabajadores “ilegales” pagan impuestos y todos ellos compran miles de millones de dólares en bienes, lo que aumenta la prosperidad de nuestra nación.

Encontrar una solución al problema de la inmigración es una tarea compleja. Pero más que la búsqueda de paliativos ineficaces y medidas autodestructivas, debemos considerar soluciones difíciles pero de fondo. Esto, por otra parte, requeriría la cooperación internacional. Mientras haya trabajadores hambrientos o mal remunerados en el mundo, buscarán trabajo para mantenerse a sí mismos y a sus familias. Si estas personas tuvieran trabajo en casa, pocos vendrían aquí. De hecho, una realidad poco divulgada es la inmigración inversa: los mexicanos y otros regresan a sus países de origen. Hay muchas razones; Incluyen la discriminación, salarios bajos o poco fiables, así como el anhelo por su patria y sus familias. Lo que se necesita es un esfuerzo internacional para mejorar los niveles de vida en todo el mundo; así como los intereses industriales y comerciales tienen sus políticas internacionales para invertir y ganar dinero. Una inversión en la gente pagará, a largo plazo, por nuestra prosperidad y las de otras naciones. Y lo hemos hecho antes. Después de la Segunda Guerra Mundial, en lugar de castigar a nuestros enemigos, financiamos el Plan Marshall, que proporcionó ayuda a Alemania y Japón. En vez de que encontrarnos con gente huyendo de la devastación de la guerra, éstos fueron capaces de reconstruir y mejorar sus vidas en su propia casa. Necesitamos tales esfuerzos internacionales para ayudar a la gente en todo el mundo para su beneficio mutuo.

Cuento en mi propia familia, con inmigrantes recientes, así como residentes de larga data (el padre de mi nieto es un apache), considero que tenemos mucho que ganar desarrollando los medios para que todos prosperemos. En lugar de considerar soluciones egoístas y localistas a los problemas de la inmigración, que son autodestructivas e imponen dificultades a los demás, debemos darnos cuenta de que para sobrevivir como especie, con la inmigración y otros temas globales, debemos considerar que todos somos los guardianes de nuestros hermanos y hermanas. Eso es necesario no sólo para su supervivencia de ellos, sino también para la nuestra.

YoSoydeMéxico
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